DE QUÉ ADOLECE UN ADOLESCENTE

Llegamos a este mundo desprovistos por completo de cualquier bien material, desconociendo cualquiera de nuestras habilidades y dependiendo por completo de personas a las que acabamos de conocer. Es precisamente en la etapa de nuestras vidas de mayor vulnerabilidad cuando menos miedo sentimos. Al contrario, nos embarga una alegría infinita y una inconmensurable energía, por lo que resulta completamente imposible no compartir cosas con cualquiera que se nos acerque a nuestro alrededor, quizás por la alegría de vivir, quizás por el estado de felicidad que favorece el hecho de confiar plenamente en que hay personas que velan por nuestra seguridad y bienestar en todo momento. 

En este momento de nuestras vidas, en la infancia concretamente, cualquier persona conocida o desconocida que se nos acerque, en primera instancia familiares biológicos o no, nos tratan con un amor, una simpatía y una alegría incondicional que siempre recordaremos, muy probablemente porque es con ese mismo amor, esa misma alegría y esa misma simpatía es como tratamos nosotros a los demás, que recordemos que todos (absolutamente todos) nos son desconocidos. 

Los años pasan y vamos adquiriendo habilidades, vamos desarrollando conocimientos y en la conjunción de estas y otras muchas cosas experimentamos una mayor interacción pon nuestro entorno, lo que provoca un amor y alegría aún mayor, quizás por la gracia que produce que un ser virgen trate llevar a cabo todas las normas y lógicas que hemos necesitado inventar para relacionarnos en sociedad. O el desarrollo de la habilidad del lenguaje, con el que dejamos entrever algo que ya viene impreso en nosotros, nuestra personalidad, ese conjunto de rasgos originales y/o adquiridos que conforman el paradigma personal que únicamente se dará en nosotros, pues sí algo nos hace iguales es que todos somos distintos. Con nuestra personalidad y nuestro entorno vamos configurando lo que más tarde será nuestro presente y poco a poco tomamos elecciones, algunas son acertadas y otras son erróneas. Mediante las decisiones que tomamos y las que toman por nosotros, un día llegamos a una etapa otra vez especial, la de ese primer advenimiento, como en esa primera infancia nos encontramos de repente ante un momento completamente distinto y nuevo que posee una diferencia sustancial a las anteriores: es la primera vez que somos conscientes de ello. 

A esta etapa la denominan la adolescencia, mal conocida (en general) por ser una etapa de rebeldía, de crítica a lo que nos rodea, de pasión por lo nuevo, de energía desbordada por aprender y experimentar, por conocer un entorno que ya se nos había mostrado pero ahora se nos ofrece un prisma muy distinto, un nuevo paradigma que comprender y mediante el cuál descubrirnos a nosotros mismos, así como un sinfín de cuestiones que coinciden completamente tanto con la infancia como con nuestras primeros momentos de vida, o sea: seguimos siendo bebés. En esta etapa se dice que los adolescentes lo mismo están alegres que están tristes, acusando de esta singularidad a un momento de desarrollo físico, mental y personal y adjudicando así a la biología la “culpa”, pues vivimos en una sociedad que necesita de la culpa para justificar el sentido que tienen las cosas en vez de, sencillamente, promulgar sus orígenes cuando las hormonas muy probablemente no tengan que ver en la totalidad de la cuestión (aunque resulta mucho más fácil y cómodo como justificación).

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De qué adolece un adolescente

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Estaría muy bien que algún científico se plantease se realizar un estudio acerca de qué adolece un adolescente. Muy probablemente encontrase signos que indicasen que la frustración, la disconformidad, la rebeldía con un conjunto de normas que no han elegido y no comprenden, proviene de la diferencia que encuentran en cómo antes eran tratados por el mero hecho de existir y cómo se les exige ahora que han de responder a unas expectativas que no se les ha comunicado y proyectar unos “beneficios” en detrimento de las posibilidades de que disponen para experimentar la vida, pero en pro de sustentar la comodidad que ofrece un sistema basado en mecanismos económicos que faciliten la diferencia de clases. Por tanto, aquí se manifiesta la primera y fundamental contrariedad del adolescente y la sociedad: sus tremendas ganas de vivir, de probar, de crear y compartir o de innovar, así como transformar lo que se les muestre, pues aún siguen siendo niños. Se les tilda erróneamente de rebeldes cuando simplemente tratan de mantener su curiosidad, su iniciativa, su atrevimiento sin el cual nuestra especie jamás hubiera evolucionado. Se les impone, a través de un sistema educativo industrial e industrializado, que deroguen toda creatividad en pro de no cuestionar el sistema, el entorno, precisamente cuando en el espíritu de la raza humana está embebido en el cáliz de la evolución. La gran mayoría ceden, se ocultan tras unas apariencias, creencias y cuestiones sin las cuales, sencillamente, no serían aceptados. Estudian lo que se les recomienda sin experimentarlo primero; practican un estilo de vida porque de esta manera sus progenitores viven más tranquilos porque su descendencia no es “rara”, nadie la criticará y no dará “que hablar”; reproducen modelos de relaciones personales que a sus antecesores no les funcionaron; participan de un estilo alimenticio que sus predecesores tuvieron que abandonar para poder alargar su esperanza de vida; viven la filosofía del modelo económico perteneciente de la geografía en la que han nacido sin que se les ofrezca mucha información, ni de cómo cambiarlo, ni de cómo escapar del mismo. Con el tiempo, los años y la experiencia hay quienes logran mantenerse en su “rebeldía” y, llegado el momento, movidos por su curiosidad y, manteniéndose firmes en su iniciativa a atreverse, prueban a crear ideas, conceptos, cuestiones completamente distintas a las establecidas y entonces el mismo sistema social los llama Genios e invita a todos a imitarlos, a seguir sus pasos, a ser como ellos mientras continúa el veto a la diferencia, a la diversidad, a la prueba sin necesidad de éxito, a la innovación sin necesidad de retribución, porque la humanidad ha confundido prosperidad con beneficio y nada que reste prosperidad a otros puede ser beneficioso.

Quizás un adolescente adolece de esas palabras amables, cariñosas, incondicionales que promulgan valor, que provocan amor propio, la seguridad de que del mundo es maravilloso porque sí y que nada malo va a suceder. Quizás un adolescente adolece de un cariño y una atención constante y continua para su mejora y su más conveniente desarrollo con un apoyo infinito en aquello que simplemente tienen que aprender porque sí y no para obtener un rendimiento lectivo, deportivo o económico. Quizás un adolescente adolece de que cualquier persona que se le acerque le sonría, le muestre gratitud, le dirija la palabra con amabilidad y pretenda algo bueno para sí mismo. Quizás un adolescente, incapaz de comprender cómo de repente, de la noche a la mañana, el mundo cambia y se vuelve competitivo, contradictorio, insensible y completamente antipático, desarrolla multitud de habilidades para defenderse de todo aquello que le presiona y nadie entiende porque para sobrevivir en sociedad hay que olvidar tajantemente la infancia, la niñez, la etapa de la vida en la que todo se comparte sin agravio comparativo, en la que todo es un regalo que disfrutar, en la que la amistad es el mayor de los bienes posibles y el amor la constante con la que se conjuga todo.

¿De qué adolece un adolescente? Vivimos, actualmente, una etapa de la sociedad inédita, en la que, por primera vez, las generaciones más tempranas son las que tienen la batuta de la influencia social a través de mostrar su disconformidad o su afinidad a través de una tecnología, curiosamente, creada por jóvenes inexpertos que se lanzaron a probar. Vivimos una etapa de cambio frenético, de innovación y pulso social que, a la vez que se dota de una mayor “libertad”, es igualmente susceptible de manipulación promovida por un interés, siempre, comercial. Vivimos una etapa en la que todo va a cambiar, en la que ya no hará falta ir a la universidad para crear una multinacional, en la que para muchos ya no existen las fronteras e, incluso, no existe la identidad social más allá de un arquetipo conductual; una etapa en la que las creencias se sustituyen por datos, por evidencias refutadas por aparatejos ininteligibles, así como evidencias que son dogmas se discuten, pues sabido es que si dices mil veces que la Tierra es plana hay alguien que con ello mercadeará. Vivimos en esa etapa en la que los más jóvenes tienen el poder, provistos de un conocimiento casi innato en la tecnología que derivará en los mayores avances y cambios en la historia de nuestra especie. Y son esos jóvenes quienes, desde su prisma, lo llevarán a cabo sin tener en cuenta cuánto nos cuesta adaptarnos a los cambios, sin tener en cuenta que para nosotros el estatus social tiene una determinada estética, sin tener en cuenta que para nosotros existían contadas formas de amar, así como tantas otras percepciones que para ellos, los adolescentes de ahora y jóvenes del futuro, sólo se entienden como igualdad racial y de género, cohesión social junto con conciliación laboral, que las religiones no tienen cabida en el aparato ejecutivo de la sociedad y que el ocio sin sostenibilidad es una carrera que se termina mucho antes de llegar a la meta.

Quizás de lo que adolece un adolescente es de que lo amen como cuando pintó las paredes de su habitación, porque quería hacer más bonita su casa para que así su papá y mamá se alegraran todavía más de su muestra de cariño hacia ellos. Porque el amor no radica en los convencionalismos, en el pulcro estilismo estético, ni en el reconocimiento social como ejemplo modelo; quizás un adolescente, únicamente, adolece de que lo amen, aún con su cuerpo grande y su corazón chiquito.

Como los adultos le ponemos horario a las bibliotecas, ellos han creado su parque 24h en Internet. Quizás la humanidad carece de una palabra alternativa a adolescente porque no se le ocurre tratarles de distinta manera que como siempre. Dotar de amor a las jóvenes generaciones propondrá que los cambios, inevitables, sean a favor de la civilización social.

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Tomás Sánchez Expósito
Miembro de la junta directiva de Desata tu Potencial

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DESATA TU POTENCIAL es una asociación sin ánimo de lucro y entidad de voluntariado creada y compuesta por un grupo de personas comprometidas con el desarrollo integral del potencial humano, especialmente de los jóvenes y adolescentes